El dragón, la bestia, el falso profeta y la gran ramera.

El libre albedrío

Para explicar el concepto de la falta creación debemos comenzar por aclarar el concepto del libre albedrío.

Si existe libre albedrío también existe libertad para elegir la luz o la oscuridad.  Dios o lo que se opone a Dios, realidad o irrealidad, el ser o el no ser.  Ahora bien, si negamos la premisa del libre albedrío, ¿qué estamos haciendo aquí?  Quién nos hizo venir?  ¿Somos tan solo marionetas que cuelgan de unos hilos o hemos decidido venir aquí por nuestro libre albedrío?

El libre albedrío es un elemento esencial del cosmos para la comprensión de las leyes que lo rigen.  ¡Incluso un electrón tiene libre albedrío!  El electrón es la partícula de energía más pequeña  que ha elegido realizar la voluntad de Dios.  Las almas vinieron desde el núcleo de fuego de Alfa y Omega llevando consigo el don del libre albedrío.  Haciendo uso de esa gracia, algunas eligieron unirse a la voluntad de Dios y otras eligieron oponerse a ella.

Las tres primeras razas raíz

Las primeras razas raíz que llegaron a la tierra –almas en evolución que encarnaron por primera  vez en la materia– usaron su libre albedrío para unirse a la luz.  Esas razas no experimentaron lo que se conoce como “la caída”, es decir, el descenso desde el núcleo de fuego, a la periferia, a la densificación, al plano del bien y del mal relativos.  No se apartaron de la conciencia centrada en el tercer ojo que posee el ojo omnividente de Dios, desde el cual contemplaban la perfección absoluta.

Tres corrientes de vida completas vinieron y eligieron realizar tan sólo la voluntad de Dios, siendo plenamente conscientes a nivel mental de las posibles consecuencias de elecciones erróneas, o sea, de elegir al anticristo; de modo que nunca consideraron esa opción.  No cayeron en el análisis racional orientado a justificar la necesidad de experimentar el mal (o velo de energía) a fin de poder comprenderlo, distinguirlo y tomar decisiones.  Para ellos el análisis en el laboratorio del alma bastaba.  Optaron, en cambio, por la luz, permanecieron en ella y finalmente regresaron mediante el ritual de la ascensión.

La cuarta raza raíz y la rebelión de Lucifer

La intromisión ocurrió en tiempos de la venida de la cuarta raza raíz.  Si echamos un vistazo a nuestro alrededor y reparamos en la confusión existente en la Tierra hoy en día, quizá nos asalten las preguntas: ¿Dónde comenzó todo esto?, ¿de dónde proviene?,  ¿cómo hemos llegado a este reino de penumbra en el que carecemos de una visión de la totalidad?

Lucifer, el caído, decidió utilizar la inmensa luz que Dios le dio, para glorificarse a sí mismo y a su propia imagen, por egoísmo, y para competir con el Creador.

Resulta difícil comprender cómo pudo rebelarse un ser tan exaltado, a quien se le llamó en su día “hijo de la mañana” y “Lucifer” (nombre que significa “portador de luz”), alguien tan cercano al corazón mismo de Dios.

Los textos apócrifos del Nuevo Testamento –escritos religiosos que, aún procediendo de los primeros cristianos, no llegaron a formar parte de la Biblia –narran que Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza, a Sus hijos e hijas.  Y tras crear a estos seres crísticos, dijo a sus ángeles: “Ahora he creado al hombre a mi propia imagen y semejanza.  Por lo tanto, esta imagen es una encarnación de Mí mismo.  Así pues, adorad la imagen de Dios”.

El relato prosigue.  El Arcángel Lucifer, o quizá Satanás, se negó a adorar la imagen de Cristo, que es el reflejo de Dios en el vasto cosmos, convirtiendo en algo odioso ese reflejo, esa imagen sostenida por la Madre Divina, por el Hijo, el Cristo.  Podría decirse que, al no exigir Dios que la creación adorase al caído, éste se puso celoso.  Las señales indicativas de la caída son, pues, la ambición, el orgullo y el egocentrismo.  Y a medida que se van tejiendo hasta formar un velo, una bruma que rodea el ego, se convierten en análisis intelectual, en una filosofía que, en esencia, carece de Dios.  Se vuelve una ciencia materialista que no necesita a ningún Dios, un razonamiento intelectual, un modo de autosuficiencia que proclama: “no necesito a Dios; puedo hacerlo mejor que Él”.

Cuando su conciencia sufrió esta transformación, aún tenía mucha luz como resultado de la acumulación de que gozaba antes de la caída. Tan inmensa era esa luz que tenía a su servicio millones de ángeles; y cuando tomó la decisión de separarse del núcleo de fuego del ser, las huestes angelicales, acostumbradas a obedecer a su líder, le siguieron.

En el capítulo doce del Apocalipsis leemos que Miguel luchó con el dragón y sus ángeles, y el dragón no prevaleció: “ni se halló ya lugar para ellos en el cielo”.  Leemos que un tercio de los ángeles fueron expulsados del cielo con el dragón, con el caído. Un tercio de las jerarquías que servían a la luz en cierto sector del cosmos siguieron la vía del análisis del intelecto.

El Arcángel Miguel vino con sus ángeles para desafiar al adversario, a aquel que se hizo antagonista de Dios:   el anticristo.  Hubo guerra en los cielos:  Juan el Revelador, a quien Jesús dictó el libro del Apocalipsis –enviado y sellado por el ángel de Jesús–, fue testigo del registro de esa guerra en el cielo.  Y así, está escrito que aquellos fueron arrojados del cielo.  A continuación aparece una advertencia:   “¡Ay de los moradores de la tierra!  Porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira”.

La caída de Lucifer y la contaminación de los planos de la materia

Ese “descenso” se refiere a la caída de Lucifer:  el descenso hacia la materia y el maya.  Se refiere al hecho de que su lugar ya no estaba en el plano del Espíritu, donde sólo existe perfección.  Fue arrojado del núcleo de fuego del ser para habitar en los planos de la conciencia material: los cuatro cuadrantes (el etérico, el mental, el astral o emocional y el físico) o, en otras palabras, la morada de nuestra alma.  Durante la época de la cuarta raza raíz se produjo una contaminación de los planos de la materia en este sistema solar y en otros sectores de ésta y otras galaxias.  La caída se propagó por todo el sistema.

Las almas de la cuarta raza raíz, almas inocentes recién llegadas desde el corazón de Dios, carecían de los eones de experiencia de la mente del caído.  Prestaron atención a sus argumentos, escucharon el razonamiento de la serpiente tal y como se describe en el Génesis:   sí comían del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, “de ninguna manera moriréis”. Esto es lo que la mente carnal le dijo a la mujer.  El Señor Dios había dicho:   “el día que comieres de él, morirás sin remedio”. Las palabras de la mente carnal (de ninguna manera moriréis) son un argumento intelectual sin significado alguno, un sofisma.

La muerte a la que se alude aquí es el potencial de la muerte del alma, es decir, la segunda muerte.  Al participar del conocimiento del mal –el conocimiento del velo de energía–, absorbiéndolo y asimilándolo en nuestra conciencia, se sembraron las semillas de la segunda muerte.  De ahí en adelante la guerra se entabló en los cuatro planos de la materia de nuestro microcosmos.  De ese modo, permitimos que el demonio, que fue arrojado al plano terrestre –el plano de la materia– entrara en nuestros cuatro cuerpos inferiores.

Fuente:

 

La GRAN HERMANDAD BLANCA

Los ANGELES CAÍDOS y su legado

LUZ Y OSCURIDAD

Capítulo 2.  Oscuridad.  Páginas 49 a 53

Elizabeth Clare Prophet.