“Además, os digo, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra, todo lo que pidan, les será echo por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estaré yo en medio de ellos”, Mat 18:19,20.


Hablamos de dos formas de conciencia: 1) la conciencia del yo exterior con su percepción de lo externo y 2) La conciencia del alma con su conocimiento interior. Los ojos del alma, una vez abiertos, pueden ser testigos del nacimiento de sistemas estelares que ni siquiera se pueden contemplar con los telescopios más potentes. Esos ojos pueden responder con patetismo divino y con la respuesta divina a la oración del niño que sufre penalidades.

Uno nunca puede servir de verdad a las necesidades de todos sus seres queridos hasta tener a su alcance el poder infinito de Dios. Hemos presenciado curaciones en la Tierra realizadas por medio de hombres y mujeres encarnados que han intercedido por quienes estaban en necesidad.

Considera, pues, lo que significa ser capaz de soste­ner en tus manos el globo de la compasión como cetro de poder. Puedes contribuir, como Dios contribuye, al desa­rrollo del universo. Puedes estar libre de las limitaciones mortales y comulgar con los inmortales en su exaltado estado de conciencia, porque ellos pasaron por el mismo portal por el que tú vas a pasar cuando tu alma despierte.

Queridos, es posible que a algunas personas les resul­te difícil aceptar que la reencarnación existe y puede que esto se deba a que no recuerden con su mente exterior los acontecimientos de sus vidas pasadas. Sin embargo, es la memoria del alma la que es capaz de integrar todas las experiencias en un todo global.

La conciencia objetiva está por naturaleza confinada a la memoria de los acontecimientos de la vida actual. Esto persiste hasta que uno aprende a llegar a la memoria interna del alma y a atraer con claridad cristalina los patrones de la vida que integran la totalidad del yo en la totalidad del universo. Al hacerlo, ello no disminuirá la felicidad sino que la aumentará enormemente, porque desde el interior emergerá un despliegue natural de la memoria divina.

Aquéllos que intentan forzar estas experiencias espirituales con drogas peligrosas o con exploraciones y ejer­cicios mentales, abren literalmente a la fuerza los pétalos de la flor del alma, separándolos del capullo. Un día en­contrarán los pétalos caídos a sus pies, secos y marchitos, regresando al polvo del que fueron creadas todas las co­sas. Sólo podrás entrar en la vida inmortal cuando reco­nozcas que el alma interior, el alma viva que Dios creó, posee la capacidad de vivir durante siglos.

El alma ha sido descuidada; el alma debe ser despertada. Y también el hombre debe despertarse a sí mismo a la percepción consciente del alma. Nunca debe el hombre permitir la profanación de la hermosa alma que el señor Dios creó a su imagen. La restitución del hijo a la imagen del Padre es el invalorable camino que conduce a la salvación, y es tu propio Yo Crístico viviente quien ejerce este poder de autoelevación.

Cumplir con las responsabilidades terrenales

Aunque resulte trivial, deseamos decir que “hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte».  Los caminos de la muerte se refieren a la muerte de la persona humana, a estampar la palabra «terminado» en el expediente de una vida individual.

Ahora bien, aquéllos que se identifican únicamente con las expresiones de la personalidad, en realidad mueren cuando se retira la energía vital que hace latir su corazón, pues su existencia se basaba por completo en la carne. Pero algunos ya han echado el ancla detrás del velo y han renunciado a sus vínculos con la persona humana mientras, simultáneamente, cumplen con sus responsabilidades y obligaciones en el mundo de la forma. Éstos continúan viviendo en la conciencia de la inmortalidad.

Deseamos infundir sagrada sabiduría a los hombres y mujeres que están en el sendero espiritual. Deseamos abrir el camino para aquéllos que están convirtiéndose en todo lo que su propia Presencia YO SOY desea que sean, Nosotros decimos que es esencial que antes de partir del mundo no abandonen prematuramente las obligaciones naturales y razonables que han contraído.

El cuidado es una cualidad de la Deidad. Por lo tan­to, la consideración que Dios tiene por la humanidad in­cita a los hombres a respaldar empeños humanitarios mien­tras están en la Tierra e incluso más allá. Éstas son las señales del cuidado y consideración cósmicos que Dios tiene por todas las personas.

La reencarnación proporciona la oportunidad de lograr la inmortalidad

La reencarnación es el amplio plan del Dios eterno para darle a la humanidad los frutos del reino del Espíritu. Proporciona una renovación de la oportunidad para quienes no logran graduarse en la primera, la segunda, la tercera o en las sucesivas batallas del logro. A quienes no están en el Sendero, la reencarnación les proporciona una continuidad esperanzadora. De esa manera puede que algún día reconozcan los espléndidos propósitos de la vida. Así, pueden convertirse en parte de la vanguar­dia del reino de los ángeles, los elementales y los hom­bres que siempre procuran aumentar la belleza de la vida en  todas partes.

Los hombres pueden renunciar conscientemente a su habitual identificación con la cambiante personalidad, la mortal personalidad centrada en la muerte. Y en ese momento lograrán la inmortalidad. Este acto de renuncia es algo espléndido; es en verdad un renacimiento por el poder del Espíritu Santo, una transferencia de la concien­cia desde el campo energético de la mortalidad —con su acompañante sensación de lucha-— al reino del Espíritu Santo, y sucede mientras la conciencia individual ocupa el cuerpo físico.

Cuando esta transferencia tiene lugar, el cuerpo ya no tiene por qué ser un inconveniente para el alma, pues el cuerpo mismo puede brindar la ayuda necesaria para que el alma realice la ascensión. Este proceso culmina en la reunión de los cuatro cuerpos inferiores con el corazón de la Presencia Divina.

La Presencia YO SOY no ha nacido ni puede morir, tiene contacto con todo cuanto vive, extendiéndose ha­cia el infinito. Así, en el momento del despertar, todo el universo estalla y aparece dentro de la conciencia de uno.