Un individualismo que excluye al Cristo

La filosofía de los luciferinos constituye un individualismo extremo, aunque excluyente del Cristo, de la unión de las llamas crísticas de todos como medio para obtener el bien común.  Los luciferinos son individualistas hasta el punto de no cooperar con la sociedad, si bien la explotan en su provecho.  Mediante la perversión y la corrupción del capitalismo y del comunismo les han sacado a las masas la luz de su herencia divina.  Han usurpado la riqueza de las naciones y se la han metido en sus bolsillos.  Han organizado un falso gobierno interno conocido como los iluminati. 

El movimiento de los iluminati fue fundado en Bavaria por Adam Weishaupt hacia 1776. Es una organización de los caídos que se han infiltrado en los sistemas bancarios del mundo, en los gobiernos y en las economías.  Siempre realizan sus operaciones entre bastidores y tratan de conducir a su terreno a jóvenes brillantes, a los hijos de Dios.  Les adulan, apelan a su orgullo espiritual, a su orgullo intelectual.  Les dicen que van a convertirse en dirigentes de la humanidad.  Les dicen que forman parte de una élite, que las masas no son dignas de gobernarse a sí mismas y que, por tanto, deben ser gobernadas por una élite intelectual y por hombres de ciencia.  De esa forma privan a la gente, a los hijos de la luz que tienen llama trina, de la oportunidad que Dios les ha dado de gobernarse a sí mismos según los dictados de su propia conciencia.

Y ya sea en Oriente u Occidente, independientemente de cuál sea el tipo de gobierno o el razonamiento, éste movimiento tiende a proporcionar cada vez más poder a un gobierno central, dejando cada vez menos autoridad en manos del individuo.  El poder para acumular riqueza se concentra en manos de los caídos, los iluminati.  Así ocurre en todas las naciones.

 

Sistemas políticos y económicos divergentes

Los diversos sistemas económicos y de gobierno, las teorías económicas y políticas son estructuras artificiales:  los caídos los utilizan para colocar a los hijos de la luz en posiciones opuestas con el objetivo de que luchen unos contra otros, de modo que los luciferinos no tengan que hacer nada para destruirlos.  Simplemente los sitúan en el campo de batalla y dejan que se destruyan en una guerra de apariencia justa que en teoría apoya a una gran causa.  Pero la causa nunca vence: ningún bando gana.  ¿Para quién se salvó Vietnam?  ¿Para los Vietnamitas?  ¿Para quien?  Para nadie.  Nadie ganó.  Y sin embargo, ¿a quien se destruyó?  A los hijos de Dios que se encontraban en el campo de batalla.  Su sangre se derramó a manos de los caídos y de aquellos que se beneficiaron de la guerra: los luciferinos, la industria de armamento, las compañías que fabrican aviones, munición, etc.

Existe una conspiración real que se extiende como una telaraña, como un ovillo de maya por todo el planeta.  Lo peor de esa conspiración es que los luciferinos han conseguido dividir en el aspecto religioso a los hijos de la luz en facciones antagonistas y beligerantes. Es una gran tragedia ver la perversidad y el fanatismo de quienes se consideran miembros de una u otra religión, luchando unos en contra de otros y en contra de las enseñanzas de los maestros ascendidos.  Es una penosa realizad que, no obstante, debemos afrontar.

Lo mismo sucede en el escenario político.  Los iluminati tratan de controlar las elecciones.  Tratan de persuadir a los hijos de la luz de que el sistema de dos partidos opuestos es justo y que representa apropiadamente los diferentes puntos de vista políticos; pero ¿Quién gana?  A menudo se elige a la persona a la que los caídos han respaldado, con independencia del partido al que represente.  Todo esto queda camuflado en hermosas palabras, bonitos discursos e impresionantes citas de las frases más apropiadas. Y la gente piensa: “Es un buen hombre porque cree en la libertad de expresión, en la democracia, y nos ha pedido que recemos por él, así que tiene que ser una buena persona.

 

Dejemos a un lado nuestras diferencias

Estamos hablando del dragón, de la bestia, de la gran ramera y del falso profeta, de aquello que ha infestado a las almas de los hombres y que ha de ser exorcizado.  Con el juicio de Lucifer hemos recibido una gran bendición consistente en un período en el que podemos difundir las enseñanzas de los maestros ascendidos sin que el adversario principal se oponga a cada paso que damos.

Durante los próximos veinticinco años tenemos la oportunidad de lograr una gran expansión de la luz, una enorme transmutación mediante la acción del Espíritu Santo.  Si nos unimos, si enterramos nuestras diferencias, si reconocemos que nuestras discrepancias son siempre artificiales, y que el mantenernos en las enseñanzas durante el tiempo suficiente resolveremos todo desacuerdo, encontraremos en el núcleo de fuego del ser los fundamentos de nuestra unidad.  A la luz de la ley cósmica, comprenderemos que todo aquello que es justo y bueno será fruto de un acuerdo entre todos.  Y reconoceremos a través de la filosofía, las tentaciones y las mentiras de los caídos, que han sido impuestas sobre nosotros para separarnos.

Si en verdad deseamos forjar una era dorada, habremos de permanecer en el fuego sagrado, en el fuego violeta, con los maestros ascendidos.  Y limpiaremos  nuestra conciencia, nuestros chacras y nuestros mundos, hasta que podamos ver con claridad la luz que nos une y el velo de energía que nos separa para así poder arrojarlo a la llama.  Debemos exorcizar todo aquello que nos causa división.  Esta es el arma más letal de los caídos: la táctica “divide y vencerás”. ¡Y han conseguido dividirnos por las razones más absurdas!

¡Casi no me podía creer lo que descubrí en 1968 cuando tuve la ocasión de visitar, con mi primo, dos magníficas catedrales protestantes en Núremberg! “¿Qué diferencia hay entre las creencias de estas dos iglesias? ¿Por qué tienen dos catedrales? ¿Porqué qué no construyeron una gran catedral para rezar todos juntos?”, le pregunté.   Su respuesta fue: “Un grupo cree que el pan y el vino, al celebrar el ritual de la comunión, es tan sólo un símbolo del cuerpo y la sangre de Cristo, mientras que el otro grupo cree que el pan y el vino,  mediante el ritual de la transubstanciación, se convierten en realidad en el cuerpo y la sangre de Cristo durante esa celebración.  Por esta diferencia se separaron, hace no sé cuántos cientos de años, y cada grupo construyó su propia catedral”.

Ahora bien, ante la necesidad de salvar el planeta y las almas que en él viven, ¿qué relevancia tienen estas diferencias?  ¿Acaso no podemos dejar que cada alma individual sea libre para rendir culto según las creencias que su conciencia le dicte, sin permitir que ello nos divida y dé paso a que las doctrinas y los dogmas de los caídos rompan los lazos que nos unen, mediante el cisma?  Eso es exactamente lo que ocurre.  Estoy segura de que has podido comprobar por ti mismo la naturaleza trivial y la pequeñez del origen de nuestras discrepancias.

Lo que más me preocupa es la visión que Alfa me dio.  Habló del gran océano cósmico del ser de Dios y dijo que éramos almas suspendidas en ese océano.  Habló del macrocosmos y de la segunda muerte de Lucifer, y de cómo se está transmutando su influencia en el macrocosmos.  Pero vi que el alma, un glóbulo de energía y luz, un campo energético de identidad, quedaba sellada en una membrana –la membrana de la identidad, del libre albedrío–, y que toda la luz de Dios y del macrocosmos no podría penetrar esa membrana a menos que el alma en su interior lo deseara.

Ello explica que la gente pueda vivir en medio del intenso amor de Dios sin llegar a reconocerlo.  Se debe a la membrana de identidad.  Pero, por supuesto, esa identidad es temporal, ya que no se ha forjado como átomo permanente del ser mediante el ritual de la ascensión.  Se trata del alma, que avanza con una determinada asignación de energía, esperando al momento oportuno en la materia, determinando qué decisión tomará.